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Bruselas siempre ha sido
un sitio en el que la gente te devuelve la sonrisa, si bien, al
inicio de la cuarentena por lo del Covid-19, a pesar de que se podía
salir a pasear o a realizar ejercicio al aíre libre, la gente había
perdido su empatía agradable y su « dichacherismo »
habitual. Eran entonces minoría los que se lo tomaban a cachondeo y
estaban al sol en los parques bebiendo cerveza, pero por otro lado,
raros eran también los que cruzaban la mirada por la calle, y los
que lo hacían, dejaban ver su gesto aterrado, y aun manteniendo la
distancia social, y aunque cambiáramos de acera y estuviéramos a
más de dos metros de distancia, a un « buenos días »,
se respondía acelerando el paso y aguantando la respiración.
Estamos jodidos –
pensaba entonces- ; Que habíamos perdido nuestro patrimonio
emocional, eso era lo que me inquietaba en aquellos momentos.
Un mes después seguimos
en cuarentena, Bélgica es líder europeo en tasas de contagio y
muerte, y en general, pasear por la calle, ir a ver a los amigos y
encontrar bares clandestinos de portugueses cerca de la Barrière con
la persiana echada, pero despachando como en los mejores momentos, es
moneda de cambio.
¡Qué suerte ! -me
digo con dicha- ; La gente vuelve a sonreir, se saluda con
cercanía, te respira en el cuello en el supermercado, se te arrima
impúdicamente mientras esperas para entrar a comprar, y cualquier
transeúnte borracho te asalta con sus duda existenciales en no
importa qué acera de Chatelain, y al alzar el brazo en señal de
alarma, respeta la distancia social y se puede hablar tranquilamente
de un perro que habían atropellado hacía unos días en ese mismo
cruce, y una historia que parece interminable, pero cuya duración va
acompasada con el contenido de la yonki-lata que sujeta el susodicho
sujeto....
Uff... Respiro aliviado
en cada paseo...
Por fortuna, no hemos
perdido nuestro patrimonio emocional, sólo está muriendo gente,
pero como no se ven los hospitales saturados, ni los enfermos por los
suelos de los pasillos, pues no pasa nada ; que dicen que quedan
mil respiradores en toda Bélgica -de sobra-, y que las tasas y los
datos -que ya no sabe uno si la curva esa es como los Reyes Magos,
que está ahí para mantener la ilusión, pero no existen ni la una
ni los otros- siempre van a la baja, así que toda Europa anda
pensando en cómo « desescalar » ; eso, en Bélgica,
se traduce en sancionar lo que ya es una situación de facto :
Que cada vecino se salta la cuarentena y viola la distancia social
como buenamente puede y quiere, pero eso sí, con una sonrisa en la
boca, a veces a penas visible, por cierto, si se lleva mascarilla, o
« tapabocas », que así llaman a las mascarillas en
Venezuela... Y claro, da risa oir a Nicolás Maduro hablando de
ponerle el tapabocas a todo la población de su país... Pero aquí
no, Bélgica es un país libre y nadie podrá taparle la boca a su
población.
¡Estaría bueno !
Cosas de la cuarentena.
En fin... Ahora le
tocará el turno a España, que después de tantos días de
privaciones podrá experimentar los privilegios y placeres de una
cuarentena blanda « a la europea » en la que se puede
salir a pasear y a hacer deporte un día sí y otro también, lo cual
dará la excelente oportunidad de practicarlo por vez primera a una
gran parte de la población.
No me cabe la menor duda
de que sea como sea, un poco de alterne será harto beneficioso para
reparar los daños que el patrimonio emocional de los españoles haya
podido sufrir, pero para muchos, será difícil olvidar las
dramáticas escenas de muerte y zozobra del telediario aderezadas con
las intermibables y redundantes ruedas de prensa del oficialismo
reinante.
En ese sentido, quizá
no estemos los españoles acostumbrados a tanta presencia mediática
innecesaria de nuestros gobernantes. No les pasa lo mismo a los
venezolanos, que desde el « Aló Presidente » de Chávez
se han familiarizado con el sano derecho a recibir información veraz
de la viva voz de sus líderes supremos, sea Diosdado Cabello en su
programa « Con el mazo dando », o Maduro por aquí y por
allá emitiendo durante horas sus consejos, reuniones, apariciones
públicas o entrevistas.
En una de esas
apariciones televisadas, Maduro sale en coche con su mujer por
Caracas verificando que el pueblo sumiso disfruta de la permisividad
de manera ordenada y voluntaria, y no pude evitar imaginar a Pedro
Sánchez volviendo a coger el coche, como antaño, para recorrer
todas las provincias del país tratando de recobrar la confianza de
los súbditos confinados de esa España rota en cincuenta y una
taifas sanitario-electorales.
Sólo el tiempo nos dirá
si acaso estamos cerca o lejos todavía de esa nueva normalidad que
se anuncia por doquier, y que tendrá más de « nueva »
que de « normalidad »; mientras tanto, lo único que nos
queda es esperar, en mi caso, desde Bruselas : Ese sitio en el
que la gente sonríe a pesar de que llueva casi todo el año.

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